Humo Naranjo

 

Esta obra es una derrota. No por el sólo hecho de referirse a ellas por miles, sino porque impone un reto mucho más grande que mis propias capacidades.

Fueron varias horas de caminar, cerca de 50 kilómetros en la soledad del desierto. Con un inicial pavor a perderme, no contaba más que con un mapa con referencias de cerros y altitudes, que no estoy capacitado para entender del todo, y una brújula que me regaló mi hijo.

¿Qué camino era? Pretendo que el del capital.

El punto inicial, Matamunqui, es el lugar donde se instaló la primera transnacional de la historia de lo que hoy conocemos como Chile.

Cuenta la leyenda que dos indios que caminaban por el sector en los primeros años de la República Independiente del Perú, al hacer una fogata, caída la noche, notaron que el suelo se prendía y arrojaba un humo naranjo. Para ellos, indios evangelizados, fue esa una señal de estar probablemente en el infierno, por lo que corrieron despavoridos toda la noche hasta llegar al día siguiente a Camiña. Se entrevistaron con el párroco del lugar, éste los tranquilizó y les pidió que lo llevaran hasta el punto donde todo había ocurrido, lugar en el que desparramó agua bendita y, acto seguido, tomó muestras del suelo, las que se llevó en frascos. Una vez de vuelta, arrojó la tierra a sus plantas, quizás para comprobar lo que hacía sobre la vida sin arriesgar la propia. Notó al tiempo que las plantas reverdecieron y se pusieron muy generosas en lo frutal. Así, el cura acudió normalmente al sector a buscar tierra, la que vendía a sus vecinos del poblado.

Al tiempo, una visita de ingleses inversionistas se topa con este oasis generoso en medio del desierto. Preguntan por el secreto de tal abundancia y, como todos refieren a la tierra que vendía el cura, se entrevistan con él. Le ofrecen una buena suma de dinero por el secreto del emplazamiento, el cura cede, y así se sella la primera irrupción del capital extranjero en la zona. La Oficina Salitrera Compañía fue el primer eslabón de toda la historia de las transnacionales que conocemos hasta hoy, esa historia de abusos, de explotación, de codicia, de campos de concentración, de impunidad, de neocolonialismo, de la vida por debajo de la economía... de la cifra por sobre la palabra.

Y es esa palabra el asunto central para mí en estos días. Esa misma cadena histórica de abusos nos tiene hoy por hoy con una enorme cifra de compañeros y compañeras con ojos arrebatados. Nos conmovemos frente a eso, no podemos sacar de nuestras mentes los nombres de Fabiola y Gustavo, no podemos imaginar siquiera el drama que hay en el hecho de que unos esbirros te arrebaten la vista o parte de ella, que desaparezca la percepción de lo tridimensional para volverse todo plano, o definitivamente negro en el peor de los casos.

¿Pero qué nos queda como artistas visuales? ¿Podemos acaso seguir haciendo un arte que sea desde ese momento privativo de quienes no pueden ya ver?

Entonces me surge la imperiosa necesidad de trabajar con la palabra, de escribir sin siquiera saber hacerlo. Y es así como esto se constituye en una derrota: No escribo suficientemente bien siquiera para poner en estas palabras lo que significa caminar solitario por un desierto, una historia con la menor cantidad de elementos posibles, menos aún voy a poder referirme a esa desventura de comenzar un relato histórico en un paisaje virgen y calmo, para terminar con imágenes horrendas de proyectiles entrando por lo ojos.

Pero no importa si se hace bien o mal, se hace, porque debe hacerse. No pensando en un triunfo, sino en las derrotas. Perderemos.

Caminar. Caminar solitario. Caminar solitario por la huella del capital, de la explotación. Caminar a través de nuestras profundas derrotas. Caminar por donde lo hizo el empampado, perdido en el vacío de la historia. Caminar desarticulando el tiempo, desvaneciendo el espacio. Caminar sobre una idea.

("Humo Naranjo" Obra expuesta en Galería Mano de Monja, Valparaíso, Chile, 2020)

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