Morir dos veces
 

 

Tan misteriosas como insolentes se yerguen las edificaciones que, de tanta pretensión por ser un abordaje humano en un terreno imposible, no terminan sino siendo otra cosa que silencios en medio de un silencio mayor, si es que es posible una ausencia superior a otra, un subconjunto vacío dentro de otro extraño vacío contenedor.

 

Generalmente inconclusos por la mano humana, es en ese emplazamiento donde estos monumentos parecieran completarse a sí mismos, cuando el desierto anónimo y silencioso los toma para sí y los vuelve parte del paisaje, supliendo de ese modo aquella carencia reflexiva de quienes construimos.

 

Así este papel lustre devela no sólo la imagen del registro, sino también aquella función redentora de la naturaleza, la que es vincular de forma responsable al objeto introducido con el paisaje, siempre más acogedor que lo que la palabra “desierto” nos sugiere. Para ello, abandonar el papel rojo a decolorarse, a saciarse de sol y viento, de calor y frío extremos, a pasar por todo lo que el fotógrafo no pasó, por todo lo que el constructor se ahorró, por todo a lo que aquella construcción fue expuesta por curiosa negligencia. En definitiva, a ser castigado para redimir todas nuestras faltas, esas que nos invisten a diario de absurdos colonizadores.

 

 

(Fotos de "Morir dos veces" en  colectiva "Fuera de lugar" en Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago de Chile, 2010; colectiva "Primitivos/Contemporáneos" en Universidad de Guanajuato, México, 2010, colectiva "8 de Chile" en Fotogalería ARCOS, Santiago de Chile, 2009)

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