OBRERO

 

Investigaba sobre la burla, cuando el dato de “La palabra ‘obrero’ será borrada del léxico chileno”, frase pronunciada por Pinochet en un discurso a inicios de 1974, cayó pesado, pesadísimo. Esta frase, que ratificaba una orden dictada por él mismo el 27 de octubre de 1973, puso en mí una inquietud ineludible. ¿Qué pasa cuando una palabra se prohíbe por decreto?

Porque claro, desde pequeños nos acostumbramos a esto de las palabras prohibidas, por groseras normalmente, u ofensivas, como norma de buena crianza. Pero no por la identificación. Y ahí está el problema, nos la pasamos buscando identificación, en base a grupos etáreos, de intereses musicales, filiaciones estéticas, deportivas, etc. Pero ésta era tremenda, pues denota una condición ineludible. Dejaremos de ser raperos, para en un año o dos ser emos, luego otakus y quién sabe qué mas (yo menos que nadie, jamás fui de alguna de esas), pero esto es distinto ¿se deja de ser obrero?. Entonces ¿cómo nos nombramos? ¿cómo nos hacemos grupo?. Claro, es justamente la idea de la prohibición. Funciona. Busca separar, diluir aquella cooperación mutua, ahora ya casi extinta.

Pero pienso en cómo se vuelve tan certero el ataque, cómo su diseño es tan inmediato y tan efectivo, tal y como como si hubiese provenido de una mente brillante. En esas cavilaciones llega a mis manos un libro de Boris Groys, un amigo me lo presta. Ahí decía “La economía opera con cifras. El medio en el que funciona la política es la lengua. La política opera con palabras: con argumentos, programas y resoluciones, pero también con órdenes, prohibiciones, decisiones y disposiciones”. Y claro, es eso, es certero por eso, es un ataque político hacia un bastión también político, la palabra. Es una orden atacando a una de las bases en las que incluso ella misma se sustenta, la palabra. Es el capitalismo dejando la cifra, abandonando la obligación autoimpuesta de ser rentable, para destruir desde la palabra a la palabra misma. Un caballo de troya.

Entonces después de eso cómo llamarnos, cuando se han prohibido las palabras. Y no sólo obrero, también pueblo y compañero, también la quena, la zampoña y el charango, los objetos… los sonidos. Se prohíbe y esa prohibición se lleva a cabo al mismo tiempo que todo sucede, al mismo tiempo en que las micros corren, que se compra pan y que se sigue construyendo, trabajando, pero ya sin ponerse el nombre, muchas veces sin tener siquiera una utilidad, moviendo tierra de un lado a otro sin sentido, el pem, el pojh. La gente se olvida de aquello de la identidad, el pueblo se transforma en gente, el compañero en colega, el obrero en jornal. Se caricaturiza, la obra es la contru, el obrero, ya no llamado así, es el que saca la vuelta y tira piropos. La precarización se instala, para devenir en emprendimiento. Las palabras se reemplazan por eufemismos, por todos lados. Obrero, en esa anestesia, es eliminada de todas las leyes y códigos que la contenían. Ya no existe.

Pero vuelve el valor de la burla a asomarse. Qué tal si se pone en acción la propuesta del loco de la canción y nos damos a la mágica locura total de revivir y nos volvemos a llamar por lo que somos, obreros, obreras, poniendo nuestras obras, de donde vengan, nuestros haceres como valor fundamental de identidad, reemplazamos lo de “amigo” por “compañero”, le damos esa investidura a toda aquella persona que nos acompaña, y de paso nos volvemos a acompañar, quizás deshaciendo el camino, recuperando las palabras para que luego, en una de esas, aparezcan de vuelta las prácticas, y por ese mismo medio, hasta quizás podríamos volver a ser nuevamente un pueblo.

Para mí suena practicable, suena lógico, hasta posible. Podrá ser una aberración, ya sabemos que todo el mundo apunta en la dirección diametralmente opuesta, con mirada de futuro dicen. Pero yo prefiero jugar al idiota, al piantao, hacer una exposición, no para que se acuerden de nosotros, sino de lo que decimos ser, para ver si así más gente se anima y nos acompaña, y si nos acompañan, son compañeros, compañeras, compañeres si se quiere, esa es la palabra para denominar a la gente que se acompaña, lo cual de paso es también una obra.

(Registro de "OBRERO" en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2019)

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