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Ranchera
 

 

Como el charro, viril en su violencia de pistolas revolucionarias que llora y exhibe el dolor del abandono: borrar la imagen, el recuerdo, la evidencia patente de la existencia de la amada perdida, recluida en un espacio cerrado representado en el frontis de la casa, límite de un adentro y un afuera, su recuerdo, representado en el habitar espacios cerrados que se abandona a la intemperie para curar la herida.

 

El acto fotográfico se presenta como un exorcismo, como una purga de la podredumbre del sentimiento traicionado, por medio de la fijación de la imagen que se pretende olvidar. Se es hombre porque se vive y acepta el dolor, recordándolo para hacerlo cotidiano, constante y compañero de la vida.

 

La imagen fotográfica, en tanto experiencia de la mirada del autor, se convierte en la colectivización del dolor de la ruptura: se muestra una imagen, se canta en voz alta, sufriendo y aceptando la partida, desdeñando el regreso. Sin embargo, la exageración del acto de la manifestación del dolor, llevada a cabo por medio de la exposición del soporte fotográfico al sol del desierto, produce el paulatino desgaste de la imagen visible, vaciando el soporte, tornándolo apenas perceptible, apenas una experiencia, como el tiempo en el amor perdido.

 

Como la imagen de un relicario, la casa se convierte en la custodia del ser perdido y, al mismo tiempo, en signo visible de su naturaleza de refugio frente al cielo abierto, frente al sol, frente a la lluvia.

 

La fotografía se presenta entonces como el mensaje que pretende buscar la solidaridad del otro frente al dolor, como en la ranchera el charro que se muestra débil para ser consolado.

 

¿Acaso no es el sol como el vino, que obnubila la mirada y permite ver como otro? ¿Acaso no es una imagen borrada por el tiempo, la instancia para ver las imágenes propias como ajenas?Mirar desde fuera el propio imaginario hecho una tenue mancha.

(Fotografías de Cristian Maturana - Texto de Víctor Estivales)

 

 

(Fotos de "Ranchera", julio de 2015, Galería Anónima, Viña del Mar, Chile. Curaduría de Beatriz Brunet)